Contra el “liberalismo brutal”

El proceso electoral despierta, debido a su polarización, lo peor de los peruanos. Racismo, clasismo y, en general, desprecio por “el otro” –que no reconocemos como igual–, son pan de cada día. Son ignorantes los votantes de izquierda; son ignorantes los votantes del sur; son ignorantes y/o corruptos los votantes del fujimorismo.

Web MZ post Liberalismo

Imagen: Fernando Vicente. Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/01/24/opinion/1390564257_262878.html

Mucha de esa polarización se ha centrado en la superioridad de la economía de mercado sobre el socialismo (o viceversa), y en esa disputa también han proliferado las descalificaciones. Gente de todos los “bandos” ha caído en ese lamentable juego; pero personalmente me preocupa que varios autodenominados liberales lo hayan hecho, mostrando escasa o nula empatía por quienes reclaman una mayor intervención del Estado en la economía; o simplemente mayor Estado en funciones que incluso la ideología liberal reconoce. Se ha llegado a tildar a los votantes de izquierda de “ignorantes”, de querer un “puestito” en el gobierno, de “vagos”, de “anti-sistema”, de “comunistas” y hasta de “terrucos”.

Aunque creo firmemente en la superioridad de la economía de mercado sobre el socialismo como sistema de asignación de recursos; el liberalismo tendrá siempre una gran desventaja, sobre todo en un país como el nuestro, si no es empático (y en los izquierdistas uno generalmente sí encuentra empatía); y si no conecta con nuestra realidad.

Hace algunos meses, Jeffrey Tucker publicó un genial ensayo contra el “libertarismo brutal” (“Against Libertarian Brutalism”)[1] en el que, valiéndose de una analogía con una corriente arquitectónica (el “brutalismo”), critica al liberalismo que “reduce la teoría a sus más crudas y fundamentales partes, y aboga por la aplicación de esas partes en primer término. Pone a prueba los límites de la idea al deshacerse de toda elegancia, refinamiento, gracia y equipamiento. No le importa la causa mayor de la civilidad ni la belleza del resultado”[2].

Yo diría, en términos más simples que los de Tucker, que ponemos la idea por encima de las personas (sobre todo, de “el otro”); lo cual le quita todo el mérito a toda idea y a todo sistema de organización político o económico de la sociedad. Da la impresión, a juzgar por ciertas opiniones y comentarios, de que algunos liberales lo son no porque piensan que la economía de mercado nos conduce a una mejor sociedad; sino porque quieren proteger su propio status, incluso si eso implica aceptar situaciones injustas de pobreza, discriminación y desigualdad extrema.

No es este, por cierto, un llamado a un liberalismo que comprometa sus principios (la coherencia es importante, finalmente), pero sí a uno que sea empático, humilde y abierto a adoptar soluciones de compromiso.

El liberalismo debe ser empático. No sólo por razones elementales de decencia humana; sino porque eso ayudará a hacer su mensaje más sólido. Se me ocurre, por ejemplo, que al discutir el tema de la remuneración mínima vital, no basta explicar que genera desempleo o informalidad. Eso puede ser y es percibido como un mensaje que “toma más en cuenta los números que a la gente”. Hay que explicar que si se está en contra o se pide cautela al regular el sueldo mínimo es porque precisamente afecta a los más pobres, cerrándoles la puerta del mercado laboral. Los liberales debemos dejar claro que nos importa “el otro”.

El liberalismo debe ser humilde, incluso cuando sepamos (digo, cuando sea el caso, que no siempre lo es) más que el otro de economía o de políticas públicas. No olvidemos que uno de los argumentos para apostar por un sistema de libre intercambio tiene que ver precisamente con nuestra ignorancia sobre las necesidades y preferencias subjetivas del individuo. En palabras de Hayek (The Case for Freedom), “la posición en defensa de las libertades individuales descansa principalmente en el reconocimiento de nuestra inevitable ignorancia en lo que respecta a muchos de los factores de los que depende la consecución de nuestros objetivos y nuestro bienestar[3]. Esto implica aceptar (y saber explicar) que las soluciones liberales no conducen a un estado ideal de las cosas (ningún sistema lo hace), y que los mercados perfectos no existen. Esto implica, además, aceptar que en ocasiones las intervenciones en el mercado se justifican y hasta funcionan bien.

El liberalismo debe ser abierto a soluciones de compromiso. Debemos dejar claro, para empezar, que nos importan la democracia y las instituciones, y que respetamos los acuerdos a los que se llega en democracia incluso cuando se aparten del “modelo” liberal. Debemos dejar claro no estamos dispuestos a adoptar “atajos” hacia una sociedad más liberal. No podemos ser lo que Mario Vargas Llosa llama “logaritmos vivientes”, “dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la explotación[4].

Por otro lado, como bien apunta Tyler Cowen, debemos aceptar que muchas veces la batalla por la libertad trae consigo, paradójicamente, más Estado[5]. Hay que aceptar que a veces las reformas liberales vienen “en paquete” con otras que no encajan en el recetario; o que a veces implican crear derechos o intervenciones estatales que en abstracto no nos parecen necesarias ni ideales[6].

Si no adoptamos estas tres actitudes, los liberales estaremos destinados a no salir de debates poco fructíferos y, por ende, a no avanzar la causa liberal. Estaremos, además, destinados a ser etiquetados como egoístas, individualistas o, peor aun, brutos.

—————–

[1] No trataré en este post las diferencias entre liberalismo y libertarianismo. Baste por ahora aclarar que el análisis planteado por Tucker aplica también a los liberales.
[2] Traducción libre del siguiente texto: “It strips down the theory to its rawest and most fundamental parts and pushes the application of those parts to the foreground. It tests the limits of the idea by tossing out the finesse, the refinements, the grace, the decency, the accoutrements. It cares nothing for the larger cause of civility and the beauty of results”.
[3] Traducción libre del siguiente texto: “The case for individual freedom rests chiefly on the recognition of the inevitable ignorance of all of us concerning a great many of the factors on which the achievement of our ends and welfare depends”.
[4] VARGAS LLOSA, Mario. Liberales y liberales. Diario El País, 25 de enero de 2014. Disponible en: http://elpais.com/elpais/2014/01/24/opinion/1390564257_262878.html
[5] COWEN, Tyler. The Paradox of Libertarianism. 11 de marzo de 2007. Disponible en: http://www.cato-unbound.org/2007/03/11/tyler-cowen/paradox-libertarianism
[6] Se me ocurre, por ejemplo, el caso del matrimonio igualitario. Aunque lo ideal es que el Estado no regule el matrimonio, dado que lo regula para las parejas heterosexuales es necesario que lo regule también para las parejas homosexuales a fin de brindarles igualdad ante la Ley y la posibilidad de desarrollar su proyecto de vida más libremente.

Acerca de Mario Zúñiga

Mario Zúñiga Palomino (Lima, Perú, 1978). Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú. LLM, The George Washington University Law School. Vicepresidente de Contribuyentes por Respeto. Profesor de Análisis Económico del Derecho en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (2013-2014) y en la Pontificia Universidad Católica del Perú (2012). Estoy en Twitter como @MZunigaP.
Esta entrada fue publicada en Artículos. Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a Contra el “liberalismo brutal”

  1. Christopher dijo:

    Excelente artículo Mario. Es absolutamente cierto que muchos liberales tienen que ser más empáticos y no perder de vista el bien común de la sociedad.

  2. Pingback: Contra el "liberalismo brutal" | Libremente

  3. Muy de acuerdo, Mario, si como se dice la batalla en el campo de las ideas los liberales la han perdido frente al pensamiento colectivista, mientras no encontremos –sin engaños– la manera de armar un discurso, como enfatizas: empático, humilde, abierto, difícilmente lograremos permear en las mayorías el ideal liberal, siempre mucho más proclive a abrazar el ideal colectivista. Te comento, hace unos meses en la Cd. de México ante una contingencia ambiental y aplicar un programa agresivo para que dejaran de circular determinados vehículos, la empresa UBER aplicó tarifas 900% mayores a sus cobros normales –un servicio que costaba $100 pesos mexicanos, se movió a $900 pesos–, respondiendo al algoritmo que aplica su sistema en base a la oferta-demanda del servicio y disponibilidad de alternativas de transportación. Aquello motivó enorme inconformidad al grado de tener que intervenir el gobierno de la ciudad –de filiación izquierdista (PRD)– con la amenaza de “regular” las tarifas de UBER –lo que finalmente derivó en la aceptación de UBER de “auto regularse” y “moderar” sus tarifas en casos que se salgan de “lo normal”. Analistas de corte liberal alabaron la aparición del “modelo UBER” al establecer sus tarifas en base al mercado; en tanto que, una vez que se ha llegado al punto de doblegar a UBER, han despotricado en contra de la mentalidad estatista e interventora. Todo lo anterior lo narro para decirte que, ante los hechos, me preguntaba cómo es que los liberales deben de comunicar sus ideas para lograr se entiendan y, lo más importante, las compartan y se sumen al ideal liberal más personas, puesto que si –siguiendo el ejemplo del caso UBER– el mensaje es que en una sociedad liberal se van a tener incrementos en los precios y que los mismos son debidos a las “fuerzas del mercado”, no veo cómo; es, simplificando, como si dijéramos: liberalismo es igual a incremento de precios. ¡Saludos!

    • Estimado Armando, gracias por tu comentario. Me parece que esas subidas de precio hay que apreciarlas un poco más “macro” y en el largo plazo. Subidas tan pronunciadas no son frecuentes. Normalmente sólo suben entre 1.5 veces a 2; y eso tiene mucho sentido. Es posible que el libre mercado ocasione, en el corto plazo, subidas de precios; pero ello normalmente envía señales a los productores: hay que incrementar la oferta. Eso beneficia al consumidor.

      Además, en el largo plazo esto debe generar más competencia, lo que debería volver el precio a niveles competitivos (no siempre este precio es más bajo, puede ser que el equilibrio sea distinto, con un mayor precio pero también una mejor calidad o menores tiempos de espera).

      Saludos!

      • ¡Correcto!, mi comentario busca resaltar lo que afirmas respecto de aquellos elementos que los liberales deben considerar si se quiere incidir en mayor medida en la aceptación de sus ideas. El mensaje de mi ejemplo, quizá de manera impensada, fue el que seguramente captó la mayoría, cuando las opiniones de analistas liberales parecía que se regocijaban del incremento desproporcionado de las tarifas y que, ante el hecho, como si de un dios se tratara, había simplemente que hacer una genuflexión. Me asumo como un aprendiz de liberal –luego de mi formación colectivista– y, en ese sentido, mi autodidactismo muchas veces no logra superar las añejas supersticiones heredadas respecto del funcionamiento del mundo y no siempre quedo plenamente satisfecho con lo que leo o no soy capaz “convencer” a otros al pretender explicar algunos de los fenómenos que se dan en la economía; por ejemplo: alguien que trabaja en una empresa internacional [satanisada por ser transnacional, poderosa, explotadora, etc.] al escucharme hablar de la pertinencia del pensamiento liberal –la visión de la Tradición Austriaca de Economía, en concreto–, me dice aceptar –en general– pero discute con enojo lo que califica de actitudes injustas de la empresa, puesto que aún estando en condiciones de que incrementen los salarios, los mantienen por años en niveles que estima raquíticos, en tanto que observan cómo se incrementan permanentemente las ventas –suponen que de igual manera obtienen crecientes ganancias– y ven cómo los directivos no sólo ganan muchísimo más que el resto del personal, sino que se benefician con prestaciones desproporcionadas –autos de lujo, por ejemplo–. Teorizar no me ha bastado –y no niego que viniendo de la mentalidad marxista en la que prima la explotación como mantra hasta me deja con tentaciones regresivas–, apoyándome en ideas que le he escuchado a Alberto Benegas Lynch (h) y referirse a las “tasas de capitalización”, niveles de productividad, etc., como explicación a la posibilidad del acceso a mejores salarios. Perdón por mis desvaríos, pero en mi proceso busco respuestas en sitios de Internet que sigo, como ha ocurrido al identificar tu aportación. Te hago llegar un abrazo desde Morelia, Michoacán, México.

  4. Entiendo perfectamente tu punto Armando. Quizá algún liberal se haya excitado demasiado al ver el sistema de precios funcionar perfectamente; pero el precio no es un objetivo en sí mismo (ni bajo ni alto); es un mecanismo de señales para que los agentes económicos tomemos decisiones. Claro que un precio “muy alto” (a veces es muy difícil definir cuando un precio es muy alto) por mucho tiempo también nos da una señal de que algo anda mal (por ejemplo, de que hay barreras de entrada al mercado o alguna conducta anticompetitiva).

    Qué genial que me leas desde México! Un saludo desde Lima y gracias!

  5. Pingback: ¿Se debe castigar la “especulación” y el “acaparamiento” en situaciones de emergencia? | MARIO ZÚÑIGA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s