TPP: ¿El tratado de la muerte?

Hace tiempo que quería escribir algo sobre el Tratado de Asociación Transpacífico (a.k.a. “TPP”, por sus siglas en inglés); pero simplemente no podía, ya que no tenía idea de qué trataba. He aquí una primera crítica al procedimiento de aprobación: poco transparente. Y si bien soy consciente de que no se podía publicar el texto del tratado porque se estaba negociando (obvio), hubiera sido ideal que el Ministerio de Comercio nos dé más y mejor información sobre qué se negociaba y qué era lo que el Perú podía ganar con el tratado (se podían publicar algunos borradores, por ejemplo). Desde que acabaron las negociaciones ya se puede consultar el texto del tratado, aquí.

Más allá de eso, en cuanto al fondo ¿es bueno o malo? La respuesta corta: es bueno porque reduce aranceles y es malo porque regula algunas otras cosas que creo que no se deben regular en un “tratado de libre comercio “(o, como les digo yo, “tratados de comercio un poquito menos regulado”).

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Lo bueno

Reducir aranceles siempre es una buena noticia. Aunque no les guste a algunas empresas locales, beneficia al consumidor y a la sociedad en su conjunto. Como expliqué en otro lado:

“…estoy de acuerdo con la eliminación (o por lo menos reducción) de aranceles en todos los mercados. Si bien es cierto que la competencia extranjera va a causar un daño a los empresarios locales, este no es otro que el denominado “daño concurrencial” originado en las menores ventas que la competencia te puede quitar (si es que te las quita, porque el número de compradores no es fijo ni limitado, por lo que la entrada de nuevos competidores no implica necesariamente la reducción de ventas de los competidores actuales: es posible que se capten nuevos compradores). La pregunta entonces es ¿por qué el daño concurrencial es lícito cuando es local e “ilícito” (digamos, el Estado lo combate en parte con aranceles) cuando es extranjero? Por lo demás, lo particular del daño concurrencial (a diferencia, por ejemplo, del daño físico) es que no afecta los recursos de quien es perjudicado, sino que los deja libres para hacer negocios con otros compradores (en el extranjero por ejemplo) o incluso para dedicarlos a otras actividades”.

En este sentido, el TPP permite que nuestros exportadores accedan a mejores condiciones con países con las que ya teníamos tratados de libre comercio, como Estados Unidos y Canadá; así como a países con los que no teníamos tratados de libre comercio, como Australia y Nueva Zelanda. Algunos países, incluso, han permitido que se mejoren las condiciones de acceso a productos que solían proteger demasiado (Japón y sus autos y carnes, Canadá a la leche, Estados Unidos el azúcar).

Claro, la pregunta clave acá es ¿están nuestras empresas listas para aprovechar esos beneficios? Sólo una pequeñísima minoría. Es imprescindible, que llevemos también a cabo reformas que hagan nuestra economía de mercado más inclusiva; el denominado “TLC interno” al que se han referido varios economistas y políticos. Como explica Eduardo Morón, esto implica, a grandes rasgos, “un acceso más barato a la formalidad y un Poder Judicial que no implique una ruleta rusa y que permita asociarse. Es significativo que lo que más destaca en la comparación regional es que los peruanos señalan que no confían entre si”. Por ahora, desde el punto de vista de las exportaciones, se beneficiarán algunas empresas peruanas; desde el punto de vista de las importaciones, se beneficiarán tanto negocios locales como los consumidores.

Además, de reducir aranceles, algo bueno que trae el TPP es que reduce (o busca reducir) barreras no arancelarias; estableciendo, por ejemplo, que las restricciones a las importaciones realizadas en virtud de la seguridad, salud o posible daño ambiental deberán estar basadas en evidencia científica. Asimismo, busca simplificar los procedimientos en Aduanas (¡suerte con eso en el Perú!).

Lo malo

Lo malo del TPP es que no es solo un tratado de libre comercio, sino que está “contaminado” por otro tipo de acuerdos que buscan uniformizar la regulación de varios países en temas de propiedad intelectual, competencia, regulación laboral y muchos otros. Estos pueden ser, temo, “Caballos de Troya” para avanzar intereses mercantilistas. Ahora bien, no es tampoco el “tratado de la muerte” como algunos quieren pintar, ni implica “ceder nuestra soberanía a las empresas”[1].

En el caso de la propiedad intelectual, por ejemplo, se teme mucho que suban los precios de las medicinas debido a las protecciones adicionales que se daría a la propiedad intelectual. Creo que esos miedos son en gran medida infundados. Como señala El Comercio:

“… Estados Unidos buscaba ampliar la protección de patentes biológicas –una nueva generación de medicamentos para tratar enfermedades como el VIH y el cáncer– hasta por 12 años adicionales a los 20 ya establecidos. Finalmente, se conoció que el plazo de patentes se mantendrá en 20 años –como establece la ley peruana desde 1993–.

El tratado garantiza una protección de cinco años de los datos de prueba para los medicamentos de origen biológico, pero ello no tendrá un impacto efectivo en más de una década ni se traducirá necesariamente en mayores precios. Como recordó la ministra de Comercio Exterior y Turismo, Magali Silva, pese a las alertas de un sector de la población cuando se firmó el TLC con Estados Unidos sobre el potencial incremento en el precio de las medicinas, estas aumentaron solo 2,9% al año del 2011 al 2014, mientras que la inflación anual en ese período fue de 3,2% en promedio”.

Cabe agregar, además, que los Estados mantienen la capacidad de restringir el goce de los derechos de propiedad intelectual en casos de emergencia de salud pública[2].

Los derechos de propiedad intelectual no sólo son “reforzados” en lo referido a lo farmacéutico, sino que también en internet. Aunque mucho de esto ya estaba en el TLC con Estados Unidos, como precisa Miguel Morachimo, se hace incidencia en la responsabilidad de los proveedores del servicio de internet de castigar a sus usuarios que infrinjan derechos de autor. Esto puede afectar tanto a las empresas prestadoras del servicio (imponiéndoles costos de supervisión que no necesariamente deberían asumir) como a los usuarios que compartan música, películas o libros “indebidamente” (¿tuitear un link a un torrent, por ejemplo?).

En cuanto a los sistema de solución de controversias para la protección de inversiones (arbitraje privado contra los Estados); algunos afirman que esto implica “pasar por encima” de las autoridades locales, ya que las empresas pueden demandar al Estado en un foro internacional (el CIADI). Sí, claro, lo ideal es que los conflictos en la aplicación de nuestras normas sean resueltas por nuestras autoridades, pero veo esto como un mal necesario para atraer la inversión (algo así como los convenios de estabilidad jurídica): mientras no tengamos un Poder Judicial decente, necesitaremos recurrir a esto para darle un poco de garantías al inversionista[3].

El capítulo de telecomunicaciones contiene obligaciones de compartir sus redes para los “operadores importantes” que equivalen al “socialismo de infraestructura” que he criticado en otro lugar.

Así, hay muchos más temas regulados: contratación pública, derechos laborales, regulación ambiental, entre otros, aunque no puedo analizarlos aquí todos; sería demasiado para mí y para ustedes. La idea general es que todos esos temas, creo, no deberían ser negociados junto con la reducción de aranceles; y al final terminan comprometiéndonos a regulaciones que no necesariamente liberalizan el comercio.

En el balance, creo que el tratado será positivo, debido a las puertas que abre para el libre (un poquito más libre) comercio, pero debemos estar atentos al marco legal que se aprobará para implementarlo. No vaya a ser que como con el TLC publiquen decenas de Decretos Legislativos sin mayor debate.

[1] Obvio, todo tratado implica ceder al menos una parte de tu soberanía, porque haces compromisos con otros países. Pero esto no quiere decir que ningún otro país “nos controle” ni menos aún alguna empresa transnacional. El TPP no sólo debe ser ratificado por el Congreso, sino que además puede ser denunciado posteriormente. Ver el artículo 30.6 del texto del tratado, aquí.
[2] Artículo 18.6 del TPP: “las Partes afirman que este Capítulo puede y deberá ser interpretado e implementado de manera que apoye el derecho de cada Parte de proteger la salud pública y, en particular, de promover el acceso a medicinas para todos. Cada Parte tiene el derecho de determinar lo que constituye una emergencia nacional u otras circunstancias de extrema urgencia, entendiéndose que las crisis de salud pública, incluyendo aquéllas relacionadas con el VIH/SIDA, tuberculosis, malaria y otras epidemias, pueden representar una emergencia nacional u otras circunstancias de extrema urgencia”.
[3] Además, como me explica mi amigo Alonso Gurmendi (@Alonso_GD), el Estado peruano tiene un récord de defensa exitoso en estos casos. Cuando no se han ganado, han sido victorias pírricas para los inversionistas demandantes.
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“La gran apuesta” y la crisis financiera

La semana pasada fui a ver “La Gran Apuesta” (“The Big Short”, Adam McKay, 2015), película sobre la crisis financiera del 2008 basada en el libro del mismo nombre de Michael Lewis (que, por cierto, recomiendo para entender lo que pasó con mucha más profundidad; además de “Boomerang“, para entender las crisis fiscales que siguieron a la financiera). La película es muy buena. Buen guión, buenos actores (Christian Bale y Steve Carell destacan en particular) e ingeniosas formas de explicar en fácil lo difícil. Es un mérito, obviamente, explicar que es un bono respaldado por hipotecas, una “deuda garantizada” y luego una “deuda garantizada sintética” sin que nos aburramos. Altamente recomendable.

Pero este no es un blog de cine, sino de regulación y políticas públicas. Lo que quería preguntarme en este post es si la narrativa de la película refleja cuáles fueron las verdaderas razones de la crisis financiera. Esto resulta sumamente importante porque muchas veces los grandes problemas se sobre simplifican y una determinada narrativa es la que predomina (con “malos” y “buenos”). Esto influye en la gente y, luego, en los políticos. Si la narrativa que predomina no es la correcta, o es incompleta, corremos el riesgo de adoptar políticas públicas poco sensatas o ineficaces.

La metáfora de la “jenga” es genial.

La película, creo, explica bien una parte del problema: un grupo de inversionistas y bancos; entre avaros, negligentes y hasta delincuentes, creó productos poco transparentes y muy riesgosos para hacer mucho dinero. Estos productos (bonos respaldados por conjuntos de hipotecas) eran poco transparentes, ya sea por que eran demasiado complicados o simplemente porque tenían información falsa; y eran cotizados a un valor mucho mayor que su valor real. Con este producto se “levantaba” más plata del mercado para seguir financiando préstamos a quienes en realidad no tenían dinero para pagarlos. Gente que tenía ingresos moderados (la striper en la película, la niñera de Eisman como se narra en el libro) se compraban no sólo una, sino dos o tres casas. Esto, que normalmente sería un problema, era asolapado por el hecho de que el valor de las casas “siempre subía”, por lo que los bancos sentían que tenían garantías suficientes y eran “flexibles” para refinanciar los créditos. La farra duró tanto tiempo porque todos asumían que los valores de las casas seguirían subiendo.

Todo esto, que la película narra de manera genial, es cierto e indudablemente es una de las más importantes causas de la crisis financiera.

El tema es que esta parte de la historia, por sí sola, nos puede llevar a concluir que la solución es más regulación: que se prohiban cierto tipo de productos o inversiones, que más operaciones deban ser supervisadas, que se creen nuevos organismos reguladores o se expandan los poderes de los ya existentes.

Este enfoque del problema, sin embargo, está dejando de lado las fallas institucionales que contribuyeron a la crisis: el Estado dejó de hacer muchas cosas que sí podía hacer e hizo otras cosas que activamente contribuyeron a la crisis.

Como escribí en este post:

No puede negarse, es cierto, que algunos agentes del mercado  incurrieron en conductas fraudulentas (principalmente, esconder los “créditos tóxicos” en sus estados financieros y las valoraciones demasiado “optimistas” de muchas agencias calificadoras de riesgo). Otros, simplemente, arriesgaron demasiado —y ello explica por qué a otros, que fueron más cautos, no les fue tan mal con la crisis e incluso a algunos otros les fue muy bien. Pero el comportamiento “oportunista” y “codicioso” de algunos agentes del mercado no puede ser la única ni la principal explicación de la crisis, si se toma en cuenta que en realidad el afán de lucro de cualquier proveedor de bienes o servicios es una constante en los mercados. No sólo es una constante, sino que puede afirmarse incluso que tal afán de lucro es el motor mismo del funcionamiento de los mercados. Es el que nos impulsa a innovar, a ahorrar costos, a ser más eficiente, a ofrecer mejores y más diversos productos y servicios.

Quien afirma que la codicia de algunos banqueros fue la causa de la crisis debería demostrar que hubo alguna especie de “epidemia de codicia” en los años 2006 y 2007 o que antes de dicho periodo los agentes en el mercado no “especulaban” (es decir, no “compraban barato para vender caro”, que finalmente es como funciona siempre el mercado) con valores. Como es obvio, demostrar ambas cosas sería imposible, por lo que el argumento de la avaricia debe ser dejado de lado como un factor determinante para el origen de la crisis financiera. No pretendemos con esto argumentar que mucha gente no actuó de manera irresponsable o hasta irracional. Lo que pretendemos afirmar es que siempre algunas personas actúan en el mercado equivocadamente, irresponsablemente e incluso irracionalmente. Pero ello no explica por sí solo una crisis de las proporciones de la crisis inmobiliaria. Como señala Richard Epstein, la avaricia es una constante en la naturaleza humana. Las crisis financieras, por otro lado no son una constante en la vida política ni económica. Es preciso, por lo tanto, entender por qué el comportamiento económico egoísta puede producir progreso en algunos casos y debacles en otros.

Es necesario preguntarnos, en ese sentido, cuáles fueron las condiciones que crearon los incentivos perversos que permitieron el comportamiento oportunista o irresponsable de banqueros e inversionistas. Nuevamente, citando el post anterior:

Las verdaderas razones de la crisis financiera (originada en primer lugar en el mercado de hipotecas sub-prime y diseminada luego por todo el sistema crediticio) pueden atribuirse, principalmente, al propio Gobierno Federal de los Estados Unidos de América. En efecto, dado que el “sueño americano” dicta que todo ciudadano estadounidense debe ser propietario de un “techo propio”, diversas políticas de vivienda implementadas por el Congreso de los Estados Unidos de América y la Federal Housing Administration incentivaron, e incluso en cierta medida obligaron, a que las entidades financieras bajen artificialmente el costo de los créditos hipotecarios. Ello, como es natural, causó que la demanda de estos créditos se incremente considerablemente, dando inicio a lo que se conoce como la “burbuja inmobiliaria”.

En paralelo, aproximadamente a partir del año 2001, luego de la crisis “punto-com”, el Banco Federal de Reserva (FED) de los Estados Unidos de América comenzó a reducir considerablemente la tasa de interés referencial de los fondos federales disponibles para préstamos inter-bancarios de corto plazo, con la idea de combatir la recesión causada por la referida crisis. Incluso economistas como el Premio Nobel de Economía Paul Krugman defendieron la necesidad de crear una “burbuja inmobiliaria” con dicha finalidad: “Para combatir esta recesión el FED necesita más que un empujón; necesita incrementar el gasto familiar para compensar el decrecimiento de inversión de los negocios. Y para hacer eso (…) Alan Greenspan debe crear una burbuja inmobiliaria a fin de reemplazar la burbuja NASDAQ”.

Así, la referida tasa bajó de 6.25% a inicios de 2001 a 1.75% a fines del mismo año. Posteriormente fue reducida aun más en 2002 y 2003, llegando a un mínimo récord de 1% a mediados de 2003. Esta medida causó que las tasas de interés cobradas por los bancos a los consumidores finales se redujeran notablemente. En otras palabras, causó que el dinero estuviera “barato”. Este dinero barato se orientó en gran medida al mercado inmobiliario. Esto generó incentivos para endeudarse para comprar casas. Como todo el mundo compraba casas, el valor de éstas se iría siempre para arriba. Y se endeudó quien no se tenía que endeudar. Compró (e hipotecó) casas quien no podía pagarlas. Luego estos créditos hipotecarios, incluidos los tóxicos, fueron empaquetados y maquillados. Y lo que no debía ser rentable era rentable, porque el dinero estaba barato… y bueno, el resto es historia conocida.

En adición a los incentivos perversos generados por el FED puede sumarse también la ausencia de fiscalización por parte de agencias como la SEC de los pobres estándares contables que los bancos de inversión utilizaban para esconder los activos “tóxicos” en su poder. Este problema, atribuible tanto a las empresas como a una falencia institucional, es explicado por Hernando de Soto en este buen artículo publicado en Bloomberg: “The Destruction of Economic Facts” (“La destrucción de los hechos económicos”).

Esta otra parte de la historia es la que “La Gran Apuesta” no nos cuenta. Pero bueno, por eso es que no basamos nuestra visión de las políticas públicas en películas ni documentales, ¿no?

Actualización: el 27 de enero de 2016 a las 7:16 pm modifiqué el artículo para corregir un par de errores de redacción y añadir la explicación referida a los estándares contables. 

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Los diez mejores artículos de políticas públicas del 2015

Luego de varias semanas de relajo, vuelvo a postear algo. Se me ocurrió en estas épocas de fin/comienzo de año hacer una de los 10 mejores artículos que leí en el año, en el rubro, claro está, de lo que solemos discutir por aquí: políticas públicas. Para ser claros, la lista podría llamarse “los artículos que más me gustaron” y no “los mejores”. Pero hay que poner un título que los haga cliquear, pues. La lista no tiene ningún orden de mérito.

Aparte de listar los artículos, incluyo un breve comentario con las principales ideas o lo que más me gustó de cada uno.

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ADVERTENCIA: esta lista no es “plural”. La gran mayoría de artículos son de economistas liberales o libertarios. No esperen encontrar un balance con textos más “progresistas”.

Sin más, los artículos:

  1. Alex Tabarrok: A Phool and his money (Un tonto y su dinero). Reseña del libro Phishing for Phools: The Economics of Manipulation and Deception de George A. Akerlof y Robert Shiller

Tabarrok, economista de George Mason University, critica duramente el libro de los premio Nobel de Economía Akerlof y Shiller no sólo por su falta de ideas novedosas -después de todo, muchos economistas han aceptado antes que las personas toman “malas decisiones” y que compran cosas que no necesitan-; sino porque parecen llegar a la conclusión de que todos somos “tontos” (aunque no se atreven a decirlo explícitamente, por eso usan el término “phool” y no “fool”, tonto en inglés) y que el engaño al consumidor es un elemento central de la economía capitalista.

Peor aún, Akerlof y Shiller no sopesan los costos y beneficios de las regulaciones que defienden para evitar estos “engaños” en el mercado.

  1. Donald Boudreaux: Knowing Models vs. Knowing Economics. Economists need to be chefs, not recipe-followers (Conocer modelos vs. Conocer Economía. Los economistas deben ser chefs, no sólo seguir recetas)

Una “chiquita” a los economistas que se limitan a aplicar la misma receta (los mismos modelos) sin pensar críticamente: “consistentemente omiten preguntar la más importante de todas las preguntas que un economista debe preguntar: ‘en comparación con qué?’. Se olvidan de que los costos y beneficios monetarios son sólo una parte (y a veces una pequeña parte) de todos los costos y beneficios. Asumen, equivocadamente, que los costos y beneficios monetarios son todos los costos y beneficios relevantes”.

  1. Del mismo Donald Boudreaux: On the Principles of Economic Principles (Sobre los principios de los principios económicos)

Boudreaux corrige aquí un comentario (que no llega a ser “sabiduría convencional”, pero he escuchado una más de una vez) según el cual “no hay nada más peligroso que alguien que acaba de tomar su primera clase de economía”; implicando que los economistas que defienden posiciones de libro mercado ignoran “fallas de mercado” y otras “complejidades” que no son discutidas en las lecciones básicas de economía. Típica oposición a un argumento a favor de mercados más libres: “la vida real no es un modelo”.

Obviamente, eso es cierto. Y es cierto que muchas veces los economistas se olvidan (o los liberales nos olvidamos) de las fallas de mercado, de los problemas institucionales y otros. Pero no se sigue de ello que un conocimiento básico de la economía sea peligroso. Como en toda disciplina, es necesario conocer más y aproximarse más a la realidad para lidiar con problemas complejos. Como bien aclara Boudreaux, el peligro radica más bien la falta de conocimiento de principios económicos, como los casos del salario mínimo o en contra del libre comercio demuestran.

  1. Ricardo Hausmann: The Import of Exports (Exportar importa)

En este artículo el economista venezolano y profesor de Harvard explica por qué las exportaciones son importantes para los países.

Para llegar a ese punto, antes, explica de manera genial, qué es una economía de mercado y por qué es importante la empatía para los proveedores:

“Una economía de mercado debería ser entendida como un sistema en el cual se supone que nos ganamos el pan de cada día haciendo cosas para otra gente. Cuánto ganamos depende en cómo otros valoran lo que hacemos por ellos. La economía de mercado nos fuerza a estar preocupados por las necesidades de otros, dado que son sus necesidades lo que constituye la fuente de nuestro sustento. En cierto sentido, una economía de mercado es sólo un sistema de intercambio de regalos; el dinero sólo permite registrar el valor de los regalos que nos damos uno al otro”.

Buenísimo.

Luego, entrando al punto de las exportaciones, da la mejor explicación de por qué son buenas para un país que yo recuerde en un buen tiempo:

“A diferencia de las actividades no exportables, los productos exportables de un país deben ser bastante buenos para convencer a los consumidores foráneos -que tienen muchas otras opciones- para que compren sus productos. Eso significa que las exportaciones deben tener una muy buena relación costo-calidad.

Una forma de mejorar esta relación es el incrementar la calidad y la productividad (…) [y] dado que están sujetas a una mayor competencia, las actividades de exportación suelen tener cambios tecnológicos y mejoras de productividad más rápidas que en otras partes de la economía. Están constantemente bajo la amenaza de la innovación y de nuevos competidores que pueden irrumpir en sus mercados. Consideren, por ejemplo, el efecto del iPhone en la otrora dominante Nokia, o el efecto de la revolución del gas esquisto en la OPEC”.

A partir de esta observación Hausmann concluye que los países necesitan prestar “especial atención” a las industrias que producen bienes exportables. ¿En qué consiste esa especial atención? Hay que tener cuidado en promover la industria nacional sin llegar al mercantilismo ni el proteccionismo, que al final sólo perjudica a los consumidores. La idea es remover barreras, más que todo.

  1. Deirdre N. McCloskey: How Piketty Misses the Point (Cómo Piketty pierde de vista lo importante)

Siempre es un placer leer a Deirdre McCloskey, no sólo por la gran contundencia de sus ideas, sino porque escribe genialmente (y a menudo se apoya en la historia y la literatura). Esta crítica a “El Capital en el Siglo XXI” de Piketty no es la excepción. De arranque, deja claro que Piketty no entiende cómo funcionan los mercados:

“Los defectos técnicos en el argumento de Piketty son omnipresentes. Si uno escarba, encuentra. El problema fundamental es que Piketty no entiende cómo funcionan los mercados. Consecuentemente con su posición de hombre de izquierda, tiene una idea vaga y confusa sobre cómo la oferta responde a precios más altos. Sorprendente evidencia de la mala educación de Piketty se aprecia ya en la página 6.

Comienza pareciendo a conceder a sus oponentes neoclásicos: ‘Sin duda, existe, en principio, un mecanismo económico muy simple que se debe restablecer el equilibrio en el proceso: el mecanismo de la oferta y la demanda. Si la oferta de cualquier bien es insuficiente, y su precio es demasiado alto, entonces la demanda de ese bien debe disminuir, lo que llevaría a una disminución en su precio’. Las palabras que incluyo en cursivas claramente confunden movimiento a lo largo de una curva de demanda con el movimiento de toda la curva de demanda, un error de estudiante universitario de primer ciclo. El análisis correcto es que si el precio es ‘demasiado alto’ no es toda la curva de demanda la que ‘restaura el equilibrio’, sino un movimiento hacia fuera de la curva de oferta. La curva de oferta se desplaza hacia fuera porque la entrada de nuevos competidores es inducida por el la presencia de utilidades superiores a las normales.

Piketty no reconoce que cada ola de inventores, empresarios, e incluso los inversionistas ordinarios hacen utilidades debido a que ingresan a nuevos mercados”.

Otro (gran) problema de Piketty es que su definición de capital no incluye el “capital humano”. Eso hace que sus cálculos en torno a la distribución del capital ignoren un gran pedazo de la torta:

“La definición de riqueza de Piketty no incluye el capital humano, que es precisamente un activo de los trabajadores. Este activo ha crecido en los países ricos al punto de ser la principal fuente de ingresos, combinado con la inmensa acumulación desde 1800 del capital en el conocimiento y hábitos sociales, otro tipo de activo al que todo el mundo accede. Hace mucho tiempo, el mundo de Piketty sin capital humano era todo el mundo; aquél de [David] Ricardo y Marx, aquél en el cual los trabajadores poseen sólo sus manos y la espalda; y los patrones y terratenientes poseen todos los demás medios de producción. Pero desde 1848 el mundo ha sido transformado por aquello que se encuentra entre las orejas de los trabajadores [sus mentes, preciso ya que en el inglés original puede ser más clara la expresión de McCloskey].

La única razón para que el libro excluya el capital humano de su definición de capital parece ser forzar la conclusión a la que Piketty quiere arribar. Uno de los títulos del capítulo 7 declara que ‘el capital está siempre distribuido de manera más desigual que la mano de obra’. No, no lo está. Si se incluye el capital humano —la alfabetización de los trabajadores de la fábrica ordinaria, las calificaciones de una enfermera, el dominio por parte del administrador profesional de sistemas complejos, la comprensión de los economistas de las respuestas de la oferta— los propios trabajadores, hecho el cálculo correctamente, poseen la mayor parte del capital de un país; y el drama de Piketty sencillamente se desmorona”.

Al final, lo más importante:

“El problema central con el libro, sin embargo, es una cuestión ética. Piketty no reflexiona sobre por qué la desigualdad es mala en sí misma.

(…)

Notemos que en la historia de Piketty el resto de nosotros queda sólo apenas por detrás de los ‘voraces capitalistas’. El enfoque en la riqueza, ingresos y/o consumo relativos es un grave problema en el libro. La realidad que Piketty pinta como un apocalipsis deja más bien espacio para que el resto de nosotros tenga un bienestar relativamente alto —todo lo contrario a un apocalipsis—, bienestar que hemos gozado desde 1800. Lo preocupante para Piketty es que los ricos puedan volverse más ricos, a pesar de que los pobres se harán más ricos también. Su preocupación radica puramente en la diferencia de ingresos; en un vago sentimiento de envidia elevado a una propuesta teórica y ética.

Nuestra verdadera preocupación debería ser el elevar a los pobres a una condición de dignidad; a un nivel mínimo que permita el funcionamiento de una sociedad democrática y llevar una vida plena. Éticamente, no importa si los pobres tienen la misma cantidad de pulseras de diamantes y automóviles Porsche que los propietarios de fondos de inversión. Pero sí importa, en efecto, si tienen las mismas oportunidades de votar, aprender a leer o tener un techo sobre sus cabezas”.

  1. Carlos Rodríguez Braun: Ojo con Stiglitz

Cada nuevo libro del Nobel de Economía Joseph Stiglitz es celebrado por la izquierda, que percibe sus posiciones como una apuesta por el socialismo. Es esta crítica de El malestar en la globalización el economista argentino Carlos Rodríguez Braun explica por qué la gente de izquierda no “descorchar el champán” tan rápido.

Lo cierto es que pese a criticar la globalización y lo que el considera una “excesiva” fe en el mercado, Stiglitz:

“Está a favor del mercado y la competencia, ‘que hace funcionar a las economías’. Más que criticar la liberalización y la privatización, deplora sus ritmos y secuencias excesivamente rápidos. Censura el papel de las administraciones públicas en cuanto a la provisión de incentivos perversos: ‘Lo que vuelve a la especulación rentable es el dinero de los gobiernos, apoyados por el FMI’.

Joseph Stiglitz, el héroe de la antiglobalización, jaleado por el pensamiento único antiliberal, proclama que aunque son azarosos los mercados ‘sin grilletes’, no hay que caer en la peligrosa tentación de irse al ‘otro extremo”. O sea que, como indicamos al comienzo, todo esto para terminar en la (bostezo) Tercera Vía”.

Además, mucho de lo que Stiglitz critica del libre mercado no tiene sustento:

“La ignorancia de Stiglitz de todo lo que no sea economía neoclásica lo lleva a afirmar en el Capítulo 3 que los liberales no prestan atención a ‘las instituciones civiles y las estructuras legales que hacen funcionar a las economías de mercado’. Es al revés, como bien comprenderá cualquiera que recuerde, por citar sólo a otros Premios Nobel, a Coase, Fogel, North y Buchanan. Es increíble que sostenga que la mano invisible de Adam Smith equivale al mercado perfecto. Dice: ‘El sistema de mercado requiere competencia e información perfecta’. Falso, no las requiere, salvo en el estilizado neoclasicismo, y los liberales no dijeron que las requiere. Con esta engañifa el intervencionismo cae por su propio peso: como el mercado no es perfecto, entonces el Estado debe actuar. Esto no se sostiene y Stiglitz, que es perspicaz, huye por la tangente: ‘sigue vivo el debate sobre cuál es el equilibrio apropiado entre el Estado y el mercado’, un understatement característico del intervencionismo, que nunca termina de aclarar cuánto Estado es menester y qué consecuencias ello puede acarrear”.

Ouch! Stiglitz, como bien apunta Rodríguez Braun, cae en las típicas críticas cliché contra la economía de mercado.

  1. Jonathan Haidt y Greg Lukianoff: The Coddling of the American Mind (Las mentes mimadas de los Estados Unidos)

Largo pero vale la pena cada segundo leyéndolo. Haidt y Lukianoff (psicólogo y abogado, respectivamente) analizan extensamente el fenómeno de la “dictadura de lo políticamente correcto” que acecha a las universidades en los Estados Unidos, y cómo esto no sólo representa una amenaza para la libertad de expresión, sino también atenta directamente contra los objetivos de las universidades: formar, informar, educar.

Luego de casi dos años en Estados Unidos no dejaba de asombrarme el tipo de escándalos que se presentaban en los Estados Unidos. Términos como “microagresión” o “apropiación cultural” están, creo, destruyendo la comedia, fiestas como Halloween y, ahora, parece que también la educación. Si no me creen, lean los ejemplos del artículo, pero les adelanto uno: los profesores deben incluir una alerta para los alumnos en su sílabo, del tipo: “El Gran Gatsby contiene misoginia y abuso físico”.

Lo peor es que esta sobreprotección, como explican los autores, no ayuda a los mismos alumnos que supuestamente protege (minorías raciales, personas con pasado de violencia); no los prepara para la vida, no los ayuda a superar las experiencias que les causaron un trauma. Todo lo contrario, los hace más vulnerables.

  1. Richard Bennett: Inside Obama’s net fix (Una mirada a cómo Obama quiere arreglar internet)

El 2015 me pasé casi toda la segunda mitad del año investigando sobre la denominada “neutralidad de red” y uno de los mejores textos que leí fue éste del experto en telecomunicaciones Richard Bennett.

El artículo es muy bueno no sólo porque rompe con algunos mitos (el internet nunca fue neutral, no totalmente al menos; cómo las operadoras nunca bloquearon Netflix) sino porque está escrito desde un enfoque multidisciplinario. El artículo toma en cuenta los aspectos económicos, legales y de ingeniería del problema, además de evidenciar un profundo conocimiento del tema y del mercado en cuestión.

Bennett concluye que las reglas de neutralidad de red tendrá efectos negativos para el mercado de internet y los consumidores: “Irónicamente, las primeras víctimas de ‘las más contundentes normas posibles’ de la Casa Blanca, importados de los anales de la regulación del teléfono, serán las llamadas telefónicas por Internet realizadas vía aplicaciones como Skype o Vonage”.

Ese tipo de aplicaciones usa una tecnología que requiere otro tipo de tráfico que el correo electrónico o el streaming, y se verá más bien afectado por el tratamiento “igualitario” que las normas de neutralidad de red prevén.

  1. Nina Sanandaji: Scandinavian Unexceptionalism #8: The third-way model – a collosal failure (Escandinavia no es excepcional #8: el colosal fracaso de “la tercera vía”)

Este artículo es parte de una serie de artículos del economista Nina Sanandaji, en el cual explica como en realidad los países escandinavos, frecuentemente publicitados como modelos “exitosos” de socialismo, no son en realidad tal cosa. Si bien es cierto que se trata, en general, de países con altos impuestos y un fuerte gasto público, los agentes económicos suelen gozar de una fuerte protección a la propiedad y una amplia libertad empresarial.

Explica Sanandaji que:

“… el socialismo es algo diferente a la actual política económica en los países nórdicos -basado en una combinación entre mercados libres y altos impuestos y un Estado de bienestar bastante amplio. El socialismo se trata de dar el al gobierno el control sobre la economía en su conjunto. Es bueno saber que Suecia, en efecto, experimentó con el socialismo. Sin embargo, resultó un fracaso tan colosal que hoy pocos, incluso desde la izquierda, lo ven como algo positivo”.

El socialismo, por supuesto, no fue la causa del enorme desarrollo del que goza un país como Suecia. De hecho, antes de que se ensayaran estas políticas en los años 60’ del siglo pasado, Suecia y otros países nórdicos, gozaron de una larga etapa de liberalismo económico.

Recomiendo leer toda la serie y si pueden el libro que el autor ha escrito al respecto. No hay pierde.

  1. Steven Horwitz. Behavioral Econ and Imperfection: A Bad Case for Government Control (La economía conductual y la imperfección: un mal argumento para el control estatal)

Excelente artículo en el que Horwitz explica por qué la economía conductual resulta una pobre justificación para la intervención estatal en la economía (entiéndase, la intervención vía regulación, estableciendo las condiciones de comercialización de determinados bienes y servicios).

El autor hace un paralelo interesante entre las “fallas del agente” que analiza la economía conductual y las “fallas de mercado” a las que hace referencia el análisis económico tradicional. Ambas pueden ignorar la capacidad del accionar colectivo para corregir esas fallas (a través del proceso de mercado). Quizá sea mejor dejar de hablar de “fallas” (con ese término parece que la cosa sea irremediable) y comenzar a hablar de “imperfección” (los resultados no son ideales, pero la mayoría de veces son lo suficientemente buenos.

A partir de esa precisión, Horwitz propone ver estas “fallas”, más que como una justificación para la intervención estatal, como una oportunidad para:

  1. hacer un análisis comparativo y preguntarnos si los mercados “fallidos” son, con todo, mejores que la intervención estatal (que también tiene sus propias fallas); y,
  2. Ver las “fallas de mercado” como una oportunidad para que los empresarios propongan nuevas formas de reducir externalidades y ahorrar costos (¿alguien dijo “sharing economy”?).

 

 

 

 

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Un regalito para los candidatos: evidencia sobre el impacto del sueldo mínimo

Si en los tiempos de campaña electoral las promesas suelen abundar; cuando ésta confluye con la campaña navideña, nuestros candidatos se vuelven “extra-generosos”.

PPK salario mínimo Web mz

Vamos PPK, tú sí sabes de economía.

Como ha reseñado El Comercio:

“En este esquema de promesas [en referencia, en general, a los pobres o inexistentes planes de gobierno] sin sustento, el sueldo mínimo se ha sometido también a subasta. Primero PPK ofreció elevarlo a S/.850; luego Acuña habló de S/.900, para ser superado por Toledo, quien lo fijaría en S/.950. Finalmente, Verónika Mendoza, del Frente Amplio, se ha sumado a la carrera con S/.1.000. Nadie remite algún estudio sobre el impacto económico de su propuesta”.

A todos estos candidatos, les tengo un regalito de navidad. Un poquito de evidencia.

Tal como reseña un reciente artículo del Wall Street Journal, los defensores del sueldo mínimo suelen afirmar que “no hay evidencia” de que los aumentos del sueldo mínimo  (se entiende, por encima del precio de equilibrio, de lo contrario su efecto sería nulo) causen desempleo. Mentira. Hay, y mucha.

El estudio que más se suele citar en defensa del sueldo mínimo es uno publicado en 1994 por los economistas David Card y Alan Krueger sobre el empleo en restaurantes de fast-food en New Jersey. Lo cierto es que el referido estudio tiene serias deficiencias metodológicas. Como señala Antony Davies, el estudio de Card y Krueger no midió el impacto del salario mínimo en despidos reales, sino que tomó en cuenta la declaración de gerentes de restaurantes sobre sus intenciones de contratar. Del dicho al hecho hubo mucho trecho sin embargo.

Cuando los economistas David Neumark y William Wascher trataron de replicar el estudio de Card y Krueger, usando información de las planillas, encontraron que el empleo sí se redujo luego del aumento del sueldo mínimo en New Jersey.

Evidencia más reciente, en estos papers:

Lo cierto es que el salario mínimo, en el mejor de los casos puede lograr subir los salarios de los que ya trabajan. Con pequeños aumentos, y en el momento correcto, puede que no cause mucho desempleo. Pero en cualquier caso, los que todavía no trabajan, los jóvenes y las personas menos capacitadas, son los más perjudicados.

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No, el INDECOPI no está promoviendo la “impunidad”

Hace algunos días se anunció que el INDECOPI ha iniciado un procedimiento formal contra las empresas Kimberly Clark (Elite) y Protisa (Suave) por haber concertado los precios del papel higiénico entre los años 2005 y 2014. En Chile llamaron a esta colusión la #colusióndelconfort, en alusión a la marca comercializada por Protisa en ese país.

Web MZ Colusión papel higiénico

Los productores de papel higiénico nos han “limpiado” de un buen billete, parece.

Luego, sin embargo, se anunció que Protisa sería exonerada de la multa al haberse acogido al beneficio de “exoneración de sanción” contemplado en la Ley de Libre Competencia. De inmediato, salieron los “indignados”:

Esa ley de clemencia parece mas una concertación entre el Indecopi y la empresa infractora, ni un solo céntimo de multa ni sanción ejemplar, una vergüenza para el consumidor.Que les hagan bajar el precio como lo estuvieron al principio de la concertación de precios”.

“VAYA EL MUNDO LA REVÉS……DOS EMPRESAS SON DENUNCIADAS POR CONCERTAR PRECIOS Y PARA SALVARSE DE LA MULTA VAN A CONCERTAR CLEMENCIA CON INDECOPI AL FINAL TODOS CONCERTAR jajaja Que tal raza ahora concertamos Clemencia para salvarnos de la multa por haber concertado precio jajaja…”

(las comillas, mayúsculas y faltas de ortografía son de los comentarios originales).

Esto necesita ser aclarado: la exoneración de sanción es una especia de “colaboración eficaz”. Le elimina la multa a las empresas o individuos que, antes de iniciarse un procedimiento, colaboran con la agencia de competencia. No se trata de una mera confesión o pedido de clemencia. El “soplón” tiene que darle al INDECOPI información que le ayude a detectar y a sancionar al cártel. Esto, aunque pueda dar sensación de impunidad, es una buena herramienta, que usan las mejores agencias de competencia en el mundo. Al final, lo más importante es detectar los cárteles a tiempo, y que hagan el menor daño posible al mercado.

Además, no es que todo el cártel “se la lleva fácil”. Las otras empresas que son parte del cártel sí pueden ser sancionadas, e incluso cuando colaboren ya no pueden ser exonerados de la multa (ese beneficio sólo le corresponde al primer colaborador), sólo aplica una reducción de entre el 20 y el 50%. El primer colaborador, además, es conocido públicamente, así que sufre un importante daño reputacional.

Este es, entonces, un buen mecanismo y no hay que satanizarlo porque supuestamente “promueve la impunidad”.

Ahora, ¿todo está bien con nuestros programas de clemencia (además de la “exoneración de sanción” la ley regula el “compromiso de cese” para el caso de procedimientos ya iniciados)? No, vamos por buen camino pero no es suficiente. En enero de 2016 publicaré en la revista Concurrences un artículo (Actualización: ver texto completo aquí: MZP – Leniency and Criminal Sanctions Concurrences No 1-2016 (final)) explicando que necesitamos reinstaurar las sanciones criminales (pena de cárcel) para incrementar los incentivos para que precisamente se usen más estos mecanismos de clemencia: al incrementar la pena, el riesgo de coludirse aumenta, y por ende también aumenta el beneficio esperado de colaborar con la autoridad. Además, las sanciones criminales son necesariamente sufridas por las personas que se coluden (gerentes, empleados, accionistas si tomaron parte del acuerdo, etc.). Las multas siempre pueden ser asumidas por la empresa, lo cual de alguna manera “blinda” a los agentes que se coluden. Las sanciones monetarias (multas), entonces, no son suficientes.

Claro, como siempre precisamos, sanciones más graves no son suficientes. Para que el INDECOPI incremente su capacidad de detectar cárteles es necesario que colabore con otras agencias de competencia internacionales (como, de hecho, se hizo en este caso. ¡Muy bien!), que cuente con más recursos para monitorear mercados, y que tenga respaldo de otras agencias locales de investigación y persecución (como la policía y fiscales) para, como se hace en otros países, hacer seguimientos y escuchas (con las debidas órdenes judiciales, claro).

Imagen del post: http://americaeconomia.com/sites/default/files/imagecache/foto_nota/confort.jpg
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Algo más sobre la Ley Universitaria: regular o no regular, ese NO es el dilema

Hace algunas semanas publicamos un post sobre la Ley Universitaria, en el que tratábamos de centrar un poco la discusión. Nada bueno puede salir del debate si se plantea una falsa dicotomía entre regular o no regular. Esa no es la discusión. La discusión debe plantearse en términos de cuáles son los problemas y fallas de mercado que tenemos que solucionar; para luego crear soluciones a la medida de esos problemas y fallas de mercado.

 

Nadie se quiere “tumbar” la Ley Universitaria. Bueno, no toda. (Fuente: https://vimeo.com/33566576).

El ministro Jaime Saavedra —cuya capacidad y buenas intenciones para mejorar la educación de nuestro país no discuto—, sin embargo, defiende la referida Ley y las reformas que su ministerio lleva cabo precisamente utilizando esa falsa dicotomía. En un artículo titulado “Ni club de rectores ni fe ciega en el mercado” (¿vieron? Ya desde el título acusa a cualquiera que critique la Ley de “tener fe ciega” en el mercado) Saavedra da varias justificaciones para regular la educación universitaria. En primer lugar, señala que deben rendir cuentas porque:

“…manejan recursos financieros de todos los peruanos. Las públicas reciben dinero público, y las privadas reciben un subsidio implícito a través de un tratamiento tributario muy favorable. Solo esto justifica una supervisión del uso adecuado de estos recursos en beneficio de la educación y la investigación”.

Hasta donde habla de las universidades públicas, todo bien. El hecho de que sean financiadas con nuestros impuestos justifica supervisar cómo invierten su (nuestro) dinero las universidades públicas y establecer ciertas reglas para ello. Ahora, en el caso de las universidades privadas, el Ministro hace una “trampita”. Como bien apunta Oscar Súmar, el Estado no pueda justificar su intervención en el subsidio que él mismo creo.

Continúa Saavedra:

“…la universidad no brinda un servicio cualquiera. Tiene la inmensa responsabilidad de formar profesionales y ciudadanos, y debe ser el centro de la innovación, del debate político y social, de la creación de conocimiento y de la generación de respuestas a los retos de desarrollo. Como tal, es uno de los pilares fundamentales sobre los que se forma la sociedad peruana”.

En este punto, cabe preguntarnos: ¿el hecho de que un bien o servicio sea importante justifica regularlo? Nadie discute la importancia de la educación, pero por más importante que sea un bien, si es producido en abundancia y por diversos actores (es decir, si hay competencia), no es necesario regularlo.

Sospecho que el Ministro Saavedra, como “economista ortodoxo” que es, sabe eso; por eso es que trata de introducir un argumento de fallas de mercado:

“… la educación universitaria es un mercado complejo con múltiples imperfecciones y, al igual que muchos mercados de servicios, requiere de una regulación eficaz que permita que todos reciban los beneficios del mercado, no solo algunos proveedores a costa de los estudiantes” (énfasis nuestro).

Luego añade:

Tampoco es razonable apostar por una completa desregulación, confiando en que las fuerzas del libre mercado por sí solas pueden generar los incentivos adecuados a todos los actores. Esa es una fe ingenua y desinformada. Soy un economista ortodoxo, pero que entiende la necesidad de regular mercados altamente imperfectos y en los que se provee un servicio con impactos que alcanzan la esencia misma de la sociedad” (énfasis nuestro).

¿“Múltiples imperfecciones”? ¿Es realmente este un mercado “altamente imperfecto? ¿Cuáles son? Como ya habíamos señalado, es cierto que en el mercado de educación, y en particular el de educación superior, hay fallas de mercado. Existen, en primer lugar, asimetrías de información que impiden a los alumnos (o a sus padres) tener todos los elementos adecuados para evaluar la calidad del producto[1]. La pregunta es: ¿cómo se solucionan esas asimetrías? La solución tiene que venir por el lado de la información. Quizás sea justificable imponer algunas condiciones mínimas de calidad (para que el error no haga daño en el corto plazo); pero si el Estado provee o obliga a proveer cierto tipo de información (ránkings de calidad, por ejemplo), debe permitir que las universidades compitan dentro de cierto margen. En otras palabras, la regulación debe servir para facilitar la competencia, no debe buscar reemplazarla.

También puede argumentarse que existen bienes públicos[2] y externalidades (positivas)[3] que causarían que la inversión realizada en educación sea sub-óptima (es decir, en menor cantidad o calidad a la requerida). La respuesta a este tipo de fallas de mercado normalmente viene por la inversión pública en la actividad que se quiere promover, vía subsidios a la inversión a la demanda o a la oferta, o a la provisión directa del servicio por parte del Estado. Esto último, la prestación directa del servicio, es la forma más fuerte que tiene el Estado de intervenir en un mercado; y es lo que se da en el mercado de la educación.

Es aquí donde corresponde entonces subrayar la falsa dicotomía planteada por el Ministro: ¿quién apuesta por la total desregulación? Más allá de la declaración altisonante de algún político que quiere “tumbarse” la Ley o la SUNEDU; ninguno de los críticos serios de la Ley ha planteado una total desregulación. Nadie ha planteado, tampoco que se cierren las universidades públicas.

Creo que lo ideal sería que el Congreso debata con calma (mejor después de las elecciones, quizás) una seria reforma a la Ley Universitaria. No creo que sea necesario “tumbarse” a la SUNEDU, o derogar toda la Ley; pero sí tienen que desmontarse una gran cantidad de obligaciones contenidas en la Ley que no guardan relación con las fallas de mercado que se quiere corregir: requisitos para los profesores, modelos de gobierno “asambleístas” que no necesariamente apuntan a mejorar la calidad, exigencias de investigación que pueden terminar siendo vacías; exigencias de infraestructura que podrían terminar siendo barreras de ingreso al mercado, entre otras. Las Universidades acá también deben jugar (mejor) su partido. Si no les gusta la Ley Universitaria, propongan reformas alternativas en vez de buscar normas que sólo protejan sus puestos.

Por supuesto que el Ministro Saavedra es un político, y está haciendo lo que le corresponde. Fajarse por su reforma. Y eso está bien (aunque sería ideal que lo hagan antes de aprobarse la norma. Tal como pasó con el ministro Segura y la “Ley Pulpín”, están defendiendo la norma después de aprobarla).

Pero los que discutimos la reforma sin un interés de parte podemos y debemos ser más rigurosos. Si no realizamos una identificación precisa (quirúrgica diría) entre fallas de mercado y herramientas regulatorias, corremos en el riesgo de “hacer algo por hacer algo”, crear remedios peores que la enfermedad y distorsionar aun más mercados que ya funcionan mal. Ese es un lujo que no podemos darnos.

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[1] Esto a su vez permite que se presente una falla cognitiva conocida como “racionalidad limitada” o “bounded rationality”, consistente en el hecho de que los agentes económicos adoptan decisiones sólo parcialmente racionales, ya que nuestra racionalidad está limitada por la cantidad de información que poseemos y por nuestra capacidad de procesarla. Esta falla cognitiva, estudiada por economistas conductuales como el Nobel de Economía Daniel Kahneman, también debe ser atacada principalmente con más y mejor información para el consumidor; no necesariamente con el establecimiento de condiciones de calidad de un producto o servicio. Además, esta falta de información perfecta también es aliviada por mecanismos de mercado: el proceso prueba error, la existencia de agentes sofisticados que obligan a los proveedores a cambiar las prácticas que pueden perjudicar al consumidor, agentes proveedores de información, entre otros.

[2] La actividad produce beneficios de los que no es posible excluir a quienes no pagan por el servicio. En el caso de la educación, la sociedad. Existiría entonces, un problema de “free riding” .

[3] Los beneficios sociales de la actividad son menores a los beneficios privados. No es rentable invertir si el inversionista no va a ser capaz de recuperar dichos beneficios.

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Neutralidad de red: la insoportable burocratización del internet

Acabo de terminar un artículo criticando la propuesta del Osiptel para regular la neutralidad de red. Creo, para empezar, que regular la neutralidad de red (aka, el “tratamiento igualitario” de todo el tráfico en internet) no es necesario; no sólo porque el mercado de acceso a internet es razonablemente competitivo, sino porque no es necesario ni conveniente que el internet sea “neutral”.

Net Neutrality Web MZ

Pero, más allá de que no sea necesario regular la neutralidad de red, el problema es que Osiptel propone regular la neutralidad de red de la peor forma posible (digamos, hay otras versiones de la neutralidad de red menos intrusivas o más razonables). El proyecto de Osiptel prohíbe prácticas que son totalmente razonables y beneficiosas para el consumidor, y regula otras de manera bastante ambigua. Peor aún, “burocratiza” el internet con el establecimiento de permisos previos para la gran mayoría prácticas de gestión de ancho de banda. Sumado a ello, el informe que le da sustento tiene muy pobres argumentos y escasa evidencia.

El  artículo analiza las justificaciones de la neutralidad de red y su regulación en el Perú. Analizamos tanto la regulación vigente (muy puntual) como la propuesta de regulación del Osiptel. Desde la perspectiva del análisis económico del Derecho, llegamos a la conclusión de que el mercado de acceso a internet no presenta fallas de mercado tales que justifiquen regular las condiciones de prestación del servicio. Asimismo, explicamos por qué la neutralidad de red puede tener consecuencias negativas en el mercado de acceso a internet en el Perú.

La respuesta a las posibles prácticas anticompetitivas que puedan darse en el mercado de acceso a internet (que sí, son posibles) como el bloqueo o el trato discriminatorio de ciertos servicios o aplicaciones deben ser combatidos a través del Derecho de la Libre Competencia.

Antes de mandar el artículo para su publicación en Ius et Veritas (por supuesto, si es que paso su riguroso proceso de selección) quise compartirlo aquí al estilo de los “working papers” en los Estados Unidos, a fin de beneficiarme del conocimiento colectivo. El artículo no ha pasado todavía por una estricta revisión de redacción y estilo (que suelo pedir a terceros). Además, las explicaciones técnicas acerca del funcionamiento del internet están bastante simplificadas (el tema da para un libro). Agradeceré enormemente cualquier crítica y  comentario acerca de la redacción, el enfoque, argumentos o fuentes adicionales, etc.

Aquí se los dejo: MZP – Neutralidad de Red IEV Dec 2015

UPDATE (14.04.2016): El artículo ya fue publicado en Ius et Veritas. Encuentran la versión final aquí.

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